Club de Lectura Breve, este domingo nos complacemos también de leer a uno de nuestros integrantes del Club, como siempre espero sus comentarios que aydudan a la formación del club. No se les olvide enviar sus textos para la publicación semanal.
Brócoli
Por Camilo Leyva
Yo estaba trabajando como vendedor en un almacén de chanclas y un día como cualquier otro entraron dos mujeres y un niño, los tres eran descendientes afrocolombianos. Una de las dos mujeres comenzó a observar los diferentes modelos que había en chancla para dama mientras la otra mujer y el niño tomaban asiento y esperaban con calma. A lo último se decidió por probarse un par de chanclas rosadas, eran muy bonitas, lo admito, pero la que teníamos en el mostrador no era de la talla de aquella señora, así que le pregunte:
–¿Qué talla de pie eres?
–38 –me respondió ella y rápidamente fui hasta la bodega a buscar la talla adecuada, del modelo en chancla que le había gustado.
Desde la bodega alcanzaba a observar a las dos mujeres y la más alta, la que estaba por hacerme la compra, se sentó al lado del pequeño, quien al parecer era su hijo y sólo alcance a notar que se estaba retirando un zapato, en espera de las chanclas que por fin acababa de encontrar. Por el afán de no descuidar a tan enigmática compradora, no me percaté de que a mitad del camino se me había caído una chancla.
Mientras me devolvía apresuradamente buscando en pura desesperación la chancla que conformaba el par, el niño que al parecer tenía unos cuatro años, no le importó estar al lado de su mamá como para mezclar una pizca de aburrimiento con otra de picardía y así tomar la silla en la que estaba sentado e imaginar que sus cuatro patas eran cuatro llantas, que su asiento era el de un piloto de carreras. Impulsándose con sus dos piernas, el pequeño dio varias vueltas junto a su imaginación por todo el almacén dando un recorrido satisfactorio, hasta el momento en que la mamá lo detuvo con un grito certero.
–¡¡¡BROCOLI!!! ¡¡¡Quédate quieto yaaaa!!!
No me asombro la manera en como lo gritaba, pero si me dejo atónito conocer ese nombre tan extraño del niño. Cuando volví con el par de chanclas, Brócoli estaba llorando y la mamá de pura rabia me dijo que ya no estaba interesada en comprar y, sin decir nada más, se retiró del almacén jaloneando de un brazo a su hijo quien no tenía la culpa. Él solo quería jugar un rato y divertirse, como cualquier otro niño, pero como me di cuenta ese día, la señora lo único que hizo fue quebrantar en Brócoli su imaginación y el deseo de soñar.
Por Camilo Leyva
Yo estaba trabajando como vendedor en un almacén de chanclas y un día como cualquier otro entraron dos mujeres y un niño, los tres eran descendientes afrocolombianos. Una de las dos mujeres comenzó a observar los diferentes modelos que había en chancla para dama mientras la otra mujer y el niño tomaban asiento y esperaban con calma. A lo último se decidió por probarse un par de chanclas rosadas, eran muy bonitas, lo admito, pero la que teníamos en el mostrador no era de la talla de aquella señora, así que le pregunte:
–¿Qué talla de pie eres?
–38 –me respondió ella y rápidamente fui hasta la bodega a buscar la talla adecuada, del modelo en chancla que le había gustado.
Desde la bodega alcanzaba a observar a las dos mujeres y la más alta, la que estaba por hacerme la compra, se sentó al lado del pequeño, quien al parecer era su hijo y sólo alcance a notar que se estaba retirando un zapato, en espera de las chanclas que por fin acababa de encontrar. Por el afán de no descuidar a tan enigmática compradora, no me percaté de que a mitad del camino se me había caído una chancla.
Mientras me devolvía apresuradamente buscando en pura desesperación la chancla que conformaba el par, el niño que al parecer tenía unos cuatro años, no le importó estar al lado de su mamá como para mezclar una pizca de aburrimiento con otra de picardía y así tomar la silla en la que estaba sentado e imaginar que sus cuatro patas eran cuatro llantas, que su asiento era el de un piloto de carreras. Impulsándose con sus dos piernas, el pequeño dio varias vueltas junto a su imaginación por todo el almacén dando un recorrido satisfactorio, hasta el momento en que la mamá lo detuvo con un grito certero.
–¡¡¡BROCOLI!!! ¡¡¡Quédate quieto yaaaa!!!
No me asombro la manera en como lo gritaba, pero si me dejo atónito conocer ese nombre tan extraño del niño. Cuando volví con el par de chanclas, Brócoli estaba llorando y la mamá de pura rabia me dijo que ya no estaba interesada en comprar y, sin decir nada más, se retiró del almacén jaloneando de un brazo a su hijo quien no tenía la culpa. Él solo quería jugar un rato y divertirse, como cualquier otro niño, pero como me di cuenta ese día, la señora lo único que hizo fue quebrantar en Brócoli su imaginación y el deseo de soñar.
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