domingo, 8 de febrero de 2015

Club de lectura Breve, Hoy nos complacemos en leer a una integrante de nuestro Club De Lectura Breve, lo cual es muy satisfactorio pues el objetivo es leer, pero también escribir, espero que todos los integrantes nos sigan enviando sus textos que con gusto los publicaremos.
1977
Con señales de gusto al observar una pintura en fríos colores, la mujer pensó lo que pudo haber llevado a este artista a plasmar tan impactante imagen guerrera, que no solo evocaba capítulos de majestuosa literatura sino que ejercía una fuerte atracción sobre ella. Dejó aquel salón y recorrió durante unos minutos los corredores del claustro académico donde día a día se tejían y fermentaban historias. Ella no sería la excepción, justamente allí lo halló, frente a frente, y él con elocuente discurso abrazó su soledad. Cada día, tras un tinto, había un algo que hacer, y la osadía de conocer los amores marchitados de cada uno se convertían en tema de conversación, pero nunca de discusión, concluyendo en la rutina y hasta en la necesidad de la mujer, de observar y deleitarse con las pinturas de su ya inseparable aliado.
Una noche de lluvia, y más que un ritual de deleite con la imagen, su calor humano y natural atracción los llevó a un encuentro sublime. Todo se forjó misteriosamente de otro color, algo más cálido que aquel cuadro de cruda guerra. Pero esta unión pareciera que solo hubiese construido distancia entre ellos, ya que los días posteriores fueron indiferentes y sombríos. Ella lo extrañaba como la misma palabra que hacía falta en sus escritos, y él, no menos distante de esta emoción seguía pintando sin dilación. Cierta mañana de Abril, el artista no pudo contener los deseos de plasmar un sueño que tuvo la noche anterior. Se posó frente al caballete, y en un enlace escénico con las acuarelas, empezó a dibujar algo que llamó “Abril 1977”. Al siguiente día, sin pensar en brechas de distancia hacia su amiga, corrió a mostrarle su pintura como en algunos tiempos, mas sólo encontró el vacío de su despedida, inesperada, y tal vez cruel, algo que siguió siendo un misterio para él. Con lágrimas y un haikú como homenaje se despidió de ella en el crematorio.
Tras dos años, sintió la necesidad de entrar al espacio de trabajo de aquella mujer. Allí sólo quedaba una sombría pieza, un escritorio empolvado, y algunos clásicos de literatura sobre él. Se dispuso a recoger lo que consideró pudo significar para ella. Se acercó al archivo y halló en él, fotos familiares, labiales, invitaciones, poemas y demás elementos muy comunes en la caja de pandora de toda mujer. Entre tantos objetos tomó en sus manos un sobre marcado con el nombre de ella. La curiosidad lo invadió, y al abrirlo el impacto de una imagen idéntica a la del cuadro que aquel día se quedó sin mostrar, lo sorprendió. Con su mente confundida y una respiración débil leyó el párrafo corto que proseguía de la imagen a blanco y negro: “embrión único vivo con actividad cardíaca rítmica de 146 1/min. Para 10 semanas y 10 días” Junio 25 de 1977.
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